diumenge, 16 de setembre del 2018

Usura, especulación e ignorancia: La crisis cumple diez años


Escribi este post en Abril de 2015. Aun no tenia este blog, y no me atreví a publicarlo. El décimo aniversario del crack de Lehamn Brothers, que marcó el inicio oficial de una crisis largamente anunciada, me sirve de excusa para publicarlo ahora, tal como lo escribí hace 3 años y medio. 

El 23 de julio de 1908 se aprobó la Ley de la Usura, ya hace más de un siglo. No toda la ley sigue vigente, cuatro de sus 16 artículos han sido derogados por la legislación posterior (ver http://noticias.juridicas.com/base_datos/Privado/l230708.html). Pero su artículo 1, el que define la usura, sigue en vigor: “Será nulo todo contrato de préstamo en que se estipule un interés notablemente superior al normal del dinero y manifiestamente desproporcionado con las circunstancias del caso o en condiciones tales que resulte aquél leonino, habiendo motivos para estimar que ha sido aceptado por el prestatario a causa de su situación angustiosa, de su inexperiencia o de lo limitado de sus facultades mentales”. ¿Por qué se elaboró esta ley? Supongo que para proteger a la gente que pasaba situaciones angustiosas y sin experiencia alguna (no digo ya con facultades mentales mermadas), de la ambición desmedida de riqueza de algunos. Se considera ilegal (y reprobable) que los ricos que disponen de dinero para prestarlo, se aprovechen de las angustias de los pobres (que necesitan ese dinero desesperadamente) para enriquecerse desmedidamente a su costa.
Voy a enlazar esta reflexión con otra acerca del mercado de materias primas de Chicago. El precio de materias primas tan básicas como el trigo, algodón, azúcar y del cacao o el café (que tanto afectan a la economía de países ecuatoriales, muchos de ellos en vías de desarrollo) se determina en Chicago (o Londres o Nueva York) en donde se trabaja con los llamados mercados a futuro o mercados de futuros. Se trata de lugares (ahora virtuales, con el uso de medios telemáticos) en los que se intercambian contratos a futuro, es decir, contratos en los que se fija un precio por un producto que saldrá al mercado en un futuro cercano o lejano (días, semanas o meses). La idea de este tipo de contratos es antigua, surgió en los USA allá por 1865, y pretendía ofrecer a los agricultores y granjeros la compra de sus cosechas futuras a un precio prefijado con independencia de las eventualidades futuras. Los banqueros, casas de seguros, y grandes comerciantes ofrecían a los granjeros precios bajos a cambio de la seguridad de saber sus productos vendidos de antemano.
Pero una vez comprado el trigo, estos agentes financieros no esperaban a que el agricultor roturara y abonara la tierra, sembrara, cuidara y finalmente cosechara el trigo: era mejor vender ese trigo antes de que todo esto ocurriera. Venderlo a alguien con dinero que quisiera distribuir el trigo. A un precio mayor, con un cierto beneficio y deshaciéndose así de los riesgos que quedaban en manos del poseedor del producto financiero, un título de propiedad sobre una cosecha inexistente (aun). Entramos en el terreno de la especulación, y no me refiero sólo al pensamiento, meditación o reflexión en profundidad sobre alguna cosa, sino a la especulación financiera. Voy a especular sobre la especulación financiera.
Para escribir esta entrada he buscado información sobre el tema y he encontrado una impagable publicación de la NFA (National Futures Association de los USA) titulada Opportunity and Risk. Con un bonito subtítulo: An Educational Guide to Trading Futures and Options of Futures. Así que a leer, a educarme. Y esta guía nos describe cómo la especulación manda, y ya no está en manos de particulares sino de grandes corporaciones que controlan así el precio final de los productos. “La industria de futuros de los USA ha experimentado un crecimiento sin precedentes en el volumen de operaciones en los últimos años, lo que refleja el alto nivel de confianza que los clientes tienen en el mercado. Esta confianza se debe en parte a una estructura regulatoria fuerte y eficaz que salvaguarda la integridad del mercado y protege a los inversores (la traducción es mía).

Carátula del folleto de la National Futures Association de los USA sobre el Mercado de futuros.
Accesible online en:

https://www.nfa.futures.org/investors/investor-resources/files/opportunity-and-risk-entire.pdf 


Se protege a los inversores, muchos de ellos meros especuladores, pero no a los productores ni a los consumidores. El resultado final suele ser que finalmente el producto llega al consumidor a un precio mucho mayor del que recibe el productor. El proceso de especulación en los mercados financieros es causa, en gran medida, de estas diferencias entre precios.
Eso me recuerda dos anécdotas personales. En 2003 mi mujer y yo intentamos comprar un apartamento para mi suegra, un piso nuevo en el que ella pasara los últimos años de su vida en paz y tranquilidad, cerca de su familia. Las promotoras de esa época ofrecían apartamentos nuevos, aun sin construir, a precios ya muy altos. Sobre un plano te ofrecían un plan de pago, que incluía varios plazos: una cantidad en el momento de firmar el precontrato, otra al acabar los cimientos, otra al acabar la estructura del edificio, otra al cierre de la fachada, y el resto a la entrega de llaves, cuando finalmente el piso se escrituraba y tu te acogías a la hipoteca por subrogación. Todo el mundo sabía que el precio de los apartamentos subiría, así que hubo gente que compraba apartamentos sobre el plano, y vendía el precontrato antes de la escrituración con un pingüe beneficio (y muchas veces en negro). Incluso algunos lo hacían sin dinero, pedían el dinero prestado a un banco, que les daba crédito para una operación tan sencilla como segura y se lo devolvían tras la operación (con lo que los bancos obtenían también sus beneficios de la misma, por los intereses del préstamo en los meses entre la compra y la venta). Así que la especulación inmobiliaria de la década pasada era un poco como los mercados de futuro: compro sobre un producto que estará disponible dentro de unos años, y vendo aun antes de que esté disponible con un beneficio rápido y considerable, dejando los posibles riesgos en manos del nuevo propietario del producto. La especulación es una golosina para la ambición desmedida del enriquecimiento sin escrúpulos.
El resultado de la especulación inmobiliaria de aquellos años está a la vista. Pero ya se podía prever antes de que la burbuja inmobiliaria finalmente explotara. La ambición especulativa de la gente era tal, que muchos de los apartamentos se vendían de inmediato sobre plano a intermediarios, y cuando una pareja joven quería comprar realmente un piso en el que vivir, lo tenía que hacer a un precio mayor del inicial dando beneficio a estos especuladores. Y, habiendo dejado gran parte de sus ahorros en esta primera transacción, finalmente nuestra joven pareja se subrogaba a una hipoteca por un monto exorbitante para 30 o 40 años, casi para el resto de sus vidas. El resto de la historia ya lo conocéis.
Segunda anécdota. A pesar de que finalmente compramos un piso de segunda mano para mi suegra, conseguimos tras años y años de trabajo y con una vida austera rayando en lo espartano, ahorrar unos dineros. Los bancos nos sugerían productos financieros en los que invertir esos ahorros. Un día hablé con un asesor del banco en el que tenía mis ahorros, que se ofreció a aconsejarme sobre cómo invertirlos. Le dije que no quería invertir en productos especulativos, que quería invertir en empresas que generaran un bien o servicio directo y empleo, por ejemplo en energía eólica, biotecnología o reciclaje. Me miró con condescendencia, como quien mira a un ignorante con ideas pueriles, y me dijo que invertir en empresas era un error, que estaban muy endeudadas y corría riesgos innecesarios, que era mejor invertir en fondos de inversión[1]. Que los fondos de inversión eran entidades gestionadas por profesionales que usarían mi dinero para obtener beneficios, que al fin y al cabo era lo que yo quería. Fue muy clarificador. De inmediato pensé que entraba en un juego peligroso en el que mis ahorros podían emplearse de forma poco ética para empobrecer al productor, y que yo sería parte de esos especuladores a los que íntimamente despreciaba. Seguramente el asesor tenía razón, y mi postura era pueril, porque el mundo de las finanzas, no nos engañemos, es el mundo de la especulación. No tiene ética.
Y vuelvo al inicio. La usura fue prohibida a principios del siglo XX porque había sido causante del sufrimiento de personas sin recursos que necesitaban desesperadamente dinero para sobrevivir. Ha pasado más de un siglo y una crisis financiera sin precedentes ha dejado a un 25 % de la población sin trabajo, a una generación de jóvenes, la más preparada de nuestra historia, sin futuro (lo único que tiene la juventud, el futuro, se lo hemos robado) con un 55% de paro juvenil que ha generado una nueva corriente migratoria hacia Europa[2]. Ha provocado un incremento de la desigualdad social con un fuerte aumento del número de hogares sin ingresos y del porcentaje de familias que viven por debajo de lo que se considera el umbral de la pobreza.[3]
Mi pregunta es si esta crisis no se podría haber evitado poniendo límite a la especulación. Necesitaríamos un concepto paralelo al de usura para la especulación.  Si bien no existe una cifra concreta que la defina, el término usura califica el cobro de intereses excesivos en préstamos “un interés notablemente superior al normal del dinero y manifiestamente desproporcionado con las circunstancias del caso” según la ley de 1908. Se admite que cobrar un interés por un préstamo es lícito, pero que hay un límite por encima del cual se considera usura y es ilícito. Del mismo modo hay que asumir que en toda transacción financiera hay beneficios que son en cierta medida especulativos. Quien compra un producto para revenderlo o distribuirlo a un precio superior, en cierto modo está especulando. Pero es el juego de la economía, y es lícito. ¿Hasta qué límite? ¿cuál es el concepto equivalente a la usura en el mundo de la especulación? ¿cuántas veces puede cambiar un producto de manos antes de llegar al consumidor? ¿cuánto tiempo puede pasar entre una transacción y la siguiente? ¿cuánto se puede incrementar el precio en esas transacciones?.
A pesar de mi declarada ignorancia en economía y finanzas, estas ideas que bullen en mi cabeza desde hace muchos años, se vieron reforzadas por la noticia publicada en Julio de 2012, cuando España e Italia estaban acosadas por el incremento alarmante de la famosa prima de riesgo:
España e Italia prohíben las operaciones a corto en los mercados
Con esta decisión, las autoridades españolas e italianas pretenden poner freno a las acciones más especulativas del mercado. "La situación de extrema volatilidad que atraviesan los mercados de valores europeos, podría perturbar su ordenado funcionamiento y afectar al normal desenvolvimiento de la actividad financiera", explica la CNMV en una nota de prensa. Público, 23/07/2012.

Me pregunto si, del mismo modo que la especulación a corto perjudicaba la obtención de dinero a los Estados, no lo hará a los ciudadanos particulares. Pero ¿quién defiende a los ciudadanos?. Si el concepto de especulación abusiva existiera y si ésta se considerara ilícita, gran parte de las transacciones que se han hecho y se siguen haciendo actualmente, y que explican el desastre económico en que nos encontramos, podrían ser combatidas legalmente.A menudo se critican este tipo de propuestas como intrusiones en la sacrosanta economía del libre mercado, reveladoras de un ingenuo izquierdismo postcomunista. Poniendo la venda antes de la herida, os recuerdo que la Ley de Usura tiene más de un siglo y que no es sospechosa de ser pro-bolchevique. Aunque quizás estas reflexiones sean fruto de mi mente torturada y de mi ignorancia en economía. Quizás




[1]Años después supe por documentales, cómo los asesores financieros de las entidades bancarias sencillamente tenían la orden de vender determinados productos, independientemente de los intereses de los ahorradores. Cuando vi el documental, me acordé de inmediato del asesor que me atendió en aquella ocasión
[2] No puedo olvidar las declaraciones de la secretaria general de Inmigración y Emigración, Marina del Corral, que atribuyó la emigración de tantos jóvenes españoles "al impulso aventurero de la juventud". Y aun menos la declaración del ministro de Exteriores Alfonso Dastis acerca de los beneficios de la emigración juvenil.
[3] VII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España. Fundación FOESSA, Cáritas Española

dilluns, 5 de març del 2018

De l'autor: Qui soc, com em diuen

La nostra ideologia, la nostra actitud vers la vida, arrelen en detalls crítics de la nostra biografia. Conèixer-nos està relacionat, segurament, amb identificar eixos detalls i entendre la seua influència en la nostra personalitat. I un d’eixos detalls de la meua biografia, un dels que mostren veritablement qui soc, és el que us vull contar per aquells que em coneixeu i els que llegiu aquest blog. Açò és el més semblant a una autobiografia que hi trobareu.
Ja he escrit a altres llocs sobre els meus pares i la meua infància. Mon pare i ma mare, Roberto i Vicentita, nasqueren als 1920’ i creixeren i es feren persones durant els temps més convulsos del segle XX, la 2ª República, la Guerra Civil i la duríssima postguerra. Durant el franquisme es feren adults, i quan, als anys 1950-60 tingueren fills, decidiren parlar-nos en castellà, tot i ser valencianoparlants de naixement.  Sumem a aquesta anomalia, els seus cognoms paterns (Martinez i Garcia) i tenim uns fills alienats i anònims[1].  Tots els germans, abans o desprès, hem corregit en part aquesta anomalia, i ara mateix parlem el valencià amb més o menys fluïdesa. Al meu cas, va ser durant l’últim curs de la Llicenciatura de Biologia quan vaig prendre la decisió de fer el canvi. Vaig triar el grup de pràctiques de Biologia Molecular, que impartia Mª Angels Ull en valencià, i vaig demanar als meus companys directes, Maria Lloret Llorca (de la Vila Joiosa), Pere Morell Quadreny (mallorquí) i l’alcoiana Maria José Juan Galvany (tots amb cognoms envejables, com veieu) que, a partir d’aquell moment em parlaren en valencià.
Després d’unes setmanes provocant la hilaritat dels meus companys a base d’espardenyades, vaig aconseguir normalitzar aparentment la meua parla i la meua vida. Al mateix temps vaig començar a  fer la tesina a la Unitat de Morfologia Microscòpica de la Facultat de Biologia, a Burjassot, on vaig fer una vida nova amb els professors més fantàstics que he tingut, i què anys després passarien a ser companys. Entre ells, els més estimats, Maria Jose Lorente Carchano, Pepe Pertusa Grau i Pere Lluis Tineo i Roberto. Pere em va impressionar pel seu domini no sols de la matèria que ensenyava, sinó del valencià, que escrivia amb fluïdesa i seguretat. Ell, i després els meus companys Jeús Pérez Clausell (notable castellonenc emigrat a Barcelona) i Vicent Teruel i Martí (de l'Alcúdia de Crespins) m'ensenyaren que podíem fer servir la nostra llengua per fer ciència. 

No recorde quan exactament, però de sobte Pere començà a dir-me Ferran. Em feia gràcia i responia a eixe nom de bon grat de forma que, sense adonar-me’n, ben aviat un bon nombre de companys i estudiants es referien a mi com Ferran. Això va donar lloc a una situació estranya, que encara perdura: tinc dos mons, a un d’ells (la família, els amics de la infància i primera joventut) sóc Fernando, a l’altre (l’ambient professional, els amics nous, no menys estimats) sóc Ferran. Aquesta esquizofrènia és sostenible perquè son dos mons pràcticament immiscibles. Però un dia, els dos mons van coincidir. Algú em va dir Ferran davant de mon pare (que estava ja a les acaballes de la seua vida), i ell es va quedar perplex:
-       - Ferran?, va dir fent un ganyot
-       - Si, tots me diuen Ferran, a la facultat, li vaig respondre
-       - Ferrant, ferrant, pergué l’ofici, va sentenciar[2]
Era evident que no li va fer gràcia, i amb la perspectiva del temps l’entenc. A mi potser també em doldria que el meu fill responguera entre els amics per Andrés, en lloc de l’Andreu que sa mare i jo triarem per ell.
Molts anys després, la mort ens va furtar sobtadament a Pere Tineo, quan feia poc que havia complit els 60 anys. Per als companys del meu departament, va ser un colp molt dur i per això acudírem tots plegats al soterrament de Pere. En aquest país nostre, ni per la mort hi ha més rituals que els religiosos, però Pere i la seua dona, Reme, desitjaven i organitzaren una cerimònia civil. Membres de la família varen fer petits discursos i se’m va demanar que jo, en nom dels companys i amics, diguera unes paraules. Vaig aprofitar un obituari que havia escrit per al Levante i, com vaig poder, entre llàgrimes i pauses vaig llegir aquestes línies:
Ahir, 11 de Juny de 2013, ens va deixar Pere Lluis Tineo i Roberto. Pere és per a tots nosaltres un home excepcional. Per als companys de la Facultat, Pere Lluis Tineo i Roberto va ser un gran professor i Mestre (amb majúscula), i encara millor company i amic. Pel que fa a la seua vesant professional, Pere és membre destacat d’una generació a la qual la Universitat valenciana (la de València en particular) deu moltíssim, molts de vosaltres no en sou conscients. Es va fer càrrec interinament de la càtedra de Citologia i Histologia (també anomenada Unitat de Morfologia Microscòpica) quan, en les darreries dels anys 1970s, el Dr. D. Vicente Alcober Coloma es va jubilar. Sent un jove biòleg acabat de doctorar va suportar sobre les seues esquenes, amb l’ajut d’uns pocs amics de la seua edat o encara més joves (Juan Manuel Ferrer, Jose F. Pertusa i Mª Jose Lorente), tot el pes de l’organització de la docència de Citologia i Histologia dins la Llicenciatura de Biologia que feia pocs anys havia sorgit amb força en la nostra Universitat.
Els estudiants que en aquella època poblàvem els laboratoris de la Facultat de Ciències Biològiques, primer al Convent del barri del Carme de València, després en les noves instal·lacions en l’exili de Burjassot, admiràvem l’entusiasme d’aquell grup de joves que encara fregaven la trentena però que ens embadalien amb la seua saviesa i la genuïna fe en les nostres capacitats i el nostre futur. Això els feia excel·lents professors, al front d’ells Pere, què han deixat una empremta indeleble en generacions senceres de biòlegs valencians, i ens van fer sentir estima per la ciència i la investigació biològica. A Pere devem molt del que som i serem. Pere també ens va ensenyar cóm la ciència es podia fer en valencià. Amb el seu polit llenguatge, no exempt d’improperis i blasfèmies quan el seu estat d’ànim així ho exigia, ens parlava de la biologia amb una claredat que no trobàvem als llibres, i resolia o generava preguntes en els nostres caps per ajudar-nos a pensar sols.
Però, més que tot això, Pere era un bon amic. Un home senzill, de mirada tendra, conversa fàcil, una gràcia innata que traspuava eixa ironia tan de la terra, i que mai te rebia amb un hola i adéu, sempre tenia un copet a l’esquena, una bescollada o una abraçada d’amic mig de costat, quan més falta et feia. Un amic a qui estimarem sempre i a qui sempre trobarem a faltar. Pere ens deixa orfes a tots els seus companys de la Facultat de Ciències Biològiques, en nom dels quals vull expressar en aquests moments tot el nostre suport a la seua dona i companya Reme, als seus fills grans Alicia i Nacho, i a la menuda Mar què va ser la seua alegria durant els darrers anys.
En acabant, em vaig acostar a la família i els amics, a donar i rebre consol. Un home que estava assegut a la primera fila, amb pel i barba blancs, es va acostar a agrair-me les paraules i em va demanar si podia enviar-li el text. Soc Ferran, el germà de Pere, em va aclarir. I aleshores, de colp, tot va quadrar, ho vaig entendre tot.
És per això que ara soc Ferran, perquè una part del que soc és Pere i el seu germà, part de mi és els meus companys de la facultat, els meus estudiants. I sóc Fernando, perquè si soc quelcom, és mon pare i ma mare, alienats com eren. I els meus germans, la meua dona i els fills, els meus cosins i cosines, els meus amics de la infància. Eixe soc, així em diuen.


[1] Recorde quan el Degà de la meua antiga facultat, Javier Diaz Mayans, a qui tant estimo, sent jo un humil becari predoctoral em va expressar el seu respecte pel meu caràcter resolt i treballador amb aquestes paraules: “Hauríem de fer-te una estàtua al campus amb una placa que diguera: Al becari Martinez”. Jo li vaig respondre que, amb el meu cognom, era tant com retre un homenatge al becari anònim o al becari desconegut.
M’haguera agradat haver pogut, d’acord amb la legislació actual, heretar els cognoms per via matrilineal. Si així haguera segut (i coneixent sols els de les meues àvies), ara mateix jo seria Ferran Saborit i Monfort. Però com a tantes coses, a la tria de cognoms també hi vaig arribar tard

[2] Com el ferrer de Tibi, que ferrant, ferrant perdé l’ofici. Dita valenciana que, òbviament és llunyana al meu poble, Borriana. Tot i que mon pare no el va pronunciar correctament, ara entendreu el meu malnom a twitter, @perguelofici

divendres, 8 de desembre del 2017

Algo que celebrar, algo que recordar: El 6 de Diciembre, día de la Constitución


En días como hoy (6 de diciembre, cuando escribo estas líneas), muchas instituciones conmemoran el aniversario de la Constitución Española de 1978. Este año 2017, impactados como estamos por la cuestión catalana, las editoriales de los periódicos de tirada nacional dedican elogiosas palabras a la ley de leyes, la norma máxima, garante de paz y democracia, fruto del consenso, origen de la concordia.
Asombra leer u oír hablar de la Constitución como “la norma que nos hemos dado” cuando el 75% de la población actual no tuvo oportunidad de votarla. Yo mismo, que estoy más cerca de los 60 que de los 50, no era mayor de edad aquel 6 de diciembre de 1978. Pero casi. Con apenas 16 años viví aquella mistificada transición (la Transición con mayúsculas) con la curiosidad, entusiasmo y optimismo que esa edad te otorga. Y es de esa transición y de la constitución que nos regaló, de lo que quiero hablar.
Ciudadanos votando el día 6 de Diciembre de 1978
El optimismo de mi adolescencia tardía, contrastaba la  preocupación y el pesimismos de los adultos de mi entorno. En 1977-78, tan sólo 2-3 años tras la muerte de Franco, mis referentes adultos se distribuían en dos mundos inconexos. Por un lado, los nostálgicos del franquismo, entre los cuales se contaban mis progenitores, vivieron esa transición hacia la democracia con una mezcla de miedo (rozando el pánico por momentos), preocupación y pesimismo. Temían asistir, como así fue, al fin de su mundo y sus valores, que hasta entonces parecían inamovibles. Temían el divorcio, el aborto, el laicismo, el socialismo y el comunismo. Tenían pánico a una inminente quema de iglesias, a una guerra civil que asolaría de nuevo sus vidas, como ocurrió durante su infancia. 
Otros adultos, padres de mis amigos, alguna que otra “oveja negra” de mi familia, muchos adultos jóvenes de mi entorno, mostraban una actitud bien diferente. La muerte del dictador abría para ellos una etapa de esperanza tras un largo período de horror. Pero esa esperanza no estaba exenta de preocupación. “Ruido de sables” era la extraña expresión que se nos hizo tan familiar durante aquellos años y los que vendrían después. Hasta que ese ruido se sustanció el 23 de febrero de 1981 (ahí yo ya era adulto). Los atentados de ETA se sucedían mezclados con la actividad del GRAPO y de grupos incontrolados de ultraderecha. Durante los entierros de víctimas de ETA, los militares asistentes (quizás familiares del asesinado, quizás no) increpaban al ministro del ejército acusándolo de traición.
Entierro de víctimas de ETA. Algunos asistentes protestan en presencia del Ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, y del Teniente General Manuel Gutiérrez Mellado
Los asesinatos de los abogados de Atocha, unos meses antes del referéndum (es decir, mientras la Constitución se estaba elaborando y discutiendo) nos recordaron lo difícil y peligrosa que era la situación, las terribles amenazas que se cernían sobre una débil e incipiente democracia. Ese, y no otro, era el ambiente en el que se gestó la constitución que ahora celebramos. A los jóvenes que ahora consideran la Constitución del 78 inamovible, un fruto ejemplar de las virtudes de una transición modélica (como tanto se nos repite), les quiero decir que no recuerdo aquel momento histórico como modélico en ningún sentido
El cambio político se hizo gracias a las renuncias de muchos ciudadanos a sus objetivos. Normalmente eso se interpreta como una concesión generosa de aquellos héroes a la Concordia (con mayúscula). Pero no fue así, sólo se buscaba salir de la dictadura y conseguir una democracia, lo que implicaba no enfadar demasiado a las fuerzas del régimen, aceptar por ejemplo una monarquía aunque se fuera republicano, no denunciar el concordato con la Iglesia para no “provocar” una involución inmediata (quizás violenta). Eso es la Constitución de 1978, el resultado de un ambiente de preocupación, atentados y ruido de sables, y renuncias por miedo a perderlo todo, enzarzarnos en una guerra tal vez cruenta, o continuar con una dictadura heredera de la franquista. La supuesta concordia de la transición, la propia Constitución, fueron fruto de la generosidad, pero también del miedo y la coacción.

Los políticos de la época adoptaron, además, una actitud paternalista con la población a la que consideraban, quizás con razón, inmadura desde el punto de vista democrático[1].  Y eso se nota en la propia Constitución de 1978. Todo el texto de la famosa carta magna, trasluce una desconfianza en la población a la que se considera incapaz de tomar decisiones. Por eso, en el texto de la Constitución apenas existe la democracia directa[2]. Sólo se contempla escuchar a la ciudadanía en referendo para aprobar textos complejos, como los estatutos de autonomía o la propia constitución. Y así se hizo con la Constitución de 1978: no se nos dio la oportunidad de escoger entre monarquía y república, ni se nos permitió opinar sobre la estructura del Estado (la expresión “Estado federal” era tabú entonces, y se optó por ofrecernos el neologismo “Estado de las Autonomías”, de significado incierto), la relación con la Iglesia, el estatus de las lenguas periféricas o cualquier otro asunto. Tuvimos (tuvieron, ni yo ni el 75% de la población actual tuvo siquiera esa oportunidad) que elegir entre la Constitución y la nada, la involución. El voto negativo a la Constitución por convicciones republicanas (por ejemplo), hubiera sido indistinguible del voto negativo de los inmovilistas del post-franquismo. Votamos (votaron) que sí, porque no había alternativa viable, para no provocar un conflicto social como el que mis padres vivieron en su infancia y al que tanto temían.
Han pasado casi 40 años de aquellos polvos, y de allá vienen estos lodos. Ha llegado el momento de consultar a la ciudadanía, mediante democracia directa, las grandes cuestiones acerca de cómo gobernarnos. Ahora eso es fácil, hay herramientas informáticas que permiten una serie de consultas sin apenas coste para el erario público. Mi propuesta es que, en base a la opinión de la ciudadanía, redactemos una auténtica constitución de consenso.  Mi generación no puede permitirse pasar por la vida sin siquiera ser considerada. Reclamo nuestro derecho y nuestro deber de dejar a nuestros hijos y nietos el país que auténticamente queremos para nosotros y para ellos, no el que votaron nuestros padres y abuelos condicionados por el miedo a la involución. Tras 40 años de democracia, ya somos un país maduro democráticamente (o deberíamos serlo), es el momento de ejercer de verdad la democracia que nos hemos ganado[3]



[1] Las campañas publicitarias de la época promoviendo el voto en consultas y elecciones sonrojarían a cualquier joven de hoy.
[2] No es así del todo. El artículo 92.1 del Capítulo 2 de la Constitución dice: “Las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos”. Pero he de hacer notar que el paternalismo sigue presente en la redacción este artículo: el adjetivo consultivo sugiere que el referéndum podría ser una mera consulta, cuyo resultado nuestras instituciones podrían ignorar. Este párrafo podría haberse redactado sin ese adjetivo, o haberlo sustituido por vinculante.
[3] Nadie debería temer ese escenario. Pero quienes queremos un cambio podemos ganarlo y quienes no lo desean se arriesgan a sufrirlo. Tal vez por eso, toda la maquinaria del Estado se obceca en el inmovilismo.

L’ensenyament públic i la transmissió de la ideologia neoliberal (1)

Els meus fills han sigut estudiants de l’ensenyament públic. Tota la seua vida. Nosaltres sempre hem defensat l’escola pública, hi crèiem...